Por Sebastián Fernández de Córdova Frerking
Arquitecto | Director de SOMMET Arquitectura y Construcción

Las ciudades tienen algo en común con las personas: ninguna permanece igual a lo largo del tiempo. Cambian sus necesidades, cambian sus desafíos y cambian sus aspiraciones. Y cuando alcanzan una nueva etapa de madurez, necesitan nuevas herramientas para afrontar una realidad distinta.
Santa Cruz de la Sierra vive precisamente uno de esos momentos.
Durante las últimas semanas se ha reabierto el debate sobre el futuro urbano de nuestra ciudad. Y eso es saludable. Porque las ciudades que dejan de debatir su futuro suelen terminar atrapadas en su pasado.
Sin embargo, antes de discutir normas, alturas, densidades o tipologías arquitectónicas, quizás deberíamos hacernos una pregunta mucho más importante: ¿Puede una metrópoli del siglo XXI seguir siendo planificada con las mismas herramientas conceptuales con las que se planificó una ciudad intermedia de los años 70?
La pregunta no busca cuestionar el enorme valor de quienes imaginaron la Santa Cruz moderna. Todo lo contrario, la ciudad que hoy conocemos es, en gran medida, resultado de una visión extraordinaria que supo anticiparse a su tiempo. Una generación que tuvo la capacidad de pensar más allá de su presente y proyectar una ciudad para las décadas que vendrían.
Y precisamente por eso vale la pena reflexionar sobre una aparente contradicción.
Aquello que admiramos de esa visión no fue la defensa rígida de una determinada normativa. Fue su capacidad de adaptación, su voluntad de innovar y su decisión de responder a los desafíos de una época que estaba cambiando.
La innovación de ayer no puede convertirse en el inmovilismo de hoy.
Cuando se formularon las bases del modelo urbano cruceño, Santa Cruz apenas superaba los 300.000 habitantes. Hoy supera ampliamente el millón y medio y forma parte de una estructura metropolitana que trasciende sus límites administrativos, integrándose cada vez más con municipios vecinos y consolidándose como una de las regiones urbanas más dinámicas de Sudamérica. La diferencia no es solamente numérica. Es una diferencia de escala histórica. Y cuando una ciudad cambia de escala, también cambian los problemas que debe resolver.
La ciudad de hace cincuenta años debía enfrentar desafíos vinculados al crecimiento inicial de una urbe emergente. La ciudad de hoy enfrenta desafíos propios de una metrópoli: movilidad, sostenibilidad de infraestructura, acceso a vivienda, competitividad económica, calidad ambiental, seguridad urbana y eficiencia en la gestión de los recursos públicos.
Son desafíos distintos. Y los desafíos distintos exigen respuestas distintas.
Ningún médico utilizaría los mismos tratamientos para un niño y para un adulto. Ningún empresario gestionaría una corporación internacional utilizando las herramientas con las que administraba su primer emprendimiento. Ninguna universidad prepara hoy a sus estudiantes exactamente igual que hace medio siglo.
¿Por qué debería ocurrir algo diferente con las ciudades?
La planificación urbana no es una pieza de museo, no es un documento destinado a permanecer intacto a través del tiempo.
Es una herramienta viva que debe evolucionar junto con la sociedad que pretende servir.
De hecho, la verdadera esencia de la planificación nunca fue conservar normas inalterables. Fue desarrollar la capacidad de anticipar el futuro.
Uno de los mayores desafíos de toda metrópoli moderna es la sostenibilidad de su propia estructura urbana, la mayoría de las personas asocia el crecimiento con nuevas urbanizaciones, avenidas o edificios. Pero las ciudades funcionan gracias a una infraestructura mucho más compleja e invisible: kilómetros de redes de agua potable, alcantarillado, drenaje pluvial, transporte, iluminación pública, recolección de residuos, espacios públicos y equipamientos urbanos.
Todo ello debe construirse, financiarse y mantenerse permanentemente.
Y aquí surge una pregunta inevitable: ¿Es posible extender indefinidamente una ciudad sin multiplicar también los costos de sostenerla?
Toda metrópoli del mundo ha debido enfrentar esa realidad, los recursos son limitados, las necesidades son crecientes, y la eficiencia deja de ser una opción para convertirse en una responsabilidad, por eso, la discusión urbana del siglo XXI ya no consiste únicamente en cuánto puede crecer una ciudad.
Consiste en cómo puede funcionar mejor.
La movilidad representa uno de los ejemplos más evidentes de esta transformación. A medida que una ciudad aumenta su tamaño, las distancias comienzan a condicionar la vida cotidiana de las personas. El tiempo dedicado a desplazarse deja de ser un detalle para convertirse en un factor determinante de la calidad de vida. Más tiempo en el tráfico significa menos tiempo con la familia, menor productividad, menos oportunidades, mayor estrés y mayor consumo energético.
Por eso las grandes metrópolis contemporáneas han comprendido que la movilidad no se resuelve únicamente construyendo más vías.
Se resuelve construyendo ciudades más eficientes.
Ciudades donde las oportunidades, los servicios y las actividades cotidianas puedan encontrarse a una distancia razonable de quienes las utilizan.
Porque ninguna infraestructura vial es capaz de compensar indefinidamente una ciudad que aumenta permanentemente sus distancias.
Existe además una dimensión social que rara vez ocupa el centro del debate.
La ciudad es, ante todo, una plataforma de oportunidades.
El empleo, la educación, la salud, la cultura, la recreación, la innovación y el desarrollo personal ocurren dentro de la ciudad. Mientras más difícil sea acceder a esas oportunidades, más desigual se vuelve la experiencia urbana.
La verdadera inclusión no consiste únicamente en expandir la ciudad. Consiste en acercar las oportunidades a las personas.
Las metrópolis más exitosas no son necesariamente las más grandes.
Son aquellas capaces de conectar mejor a sus ciudadanos con las oportunidades que generan.
A todo ello se suma un fenómeno relativamente nuevo en nuestra historia urbana.
Las ciudades ya no compiten únicamente dentro de sus países. Compiten globalmente. Compiten por inversiones, talento, innovación, empresas, conocimiento y oportunidades, y en ese escenario, la calidad de la ciudad se convierte en una ventaja estratégica.
Las empresas buscan entornos urbanos eficientes. Los profesionales buscan calidad de vida. Los emprendedores buscan ecosistemas dinámicos. Los inversionistas buscan previsibilidad y visión de largo plazo.
La planificación urbana ha dejado de ser solamente una cuestión técnica. Hoy es también una herramienta de desarrollo económico.
Por eso, el debate sobre el futuro de Santa Cruz no debería reducirse a una discusión sobre parámetros normativos o formas arquitectónicas.
La verdadera discusión es mucho más profunda, se trata de comprender que hemos dejado de ser una ciudad intermedia para convertirnos en una metrópoli.
Y que las metrópolis requieren nuevas formas de pensar, planificar y gestionar su crecimiento.
Quizás la pregunta más importante no sea si debemos cambiar, la historia demuestra que toda ciudad cambia.
La verdadera pregunta es si tendremos la capacidad de dirigir ese cambio con visión, responsabilidad y sentido de futuro.
Porque las generaciones que imaginaron la Santa Cruz moderna no fueron recordadas por defender las soluciones del pasado.
Fueron recordadas por haber tenido el coraje de imaginar el futuro.
Hoy nos corresponde asumir exactamente la misma responsabilidad.
No para construir una ciudad distinta a la que soñaron, sino para asegurar que ese sueño siga siendo posible en una realidad que ellos jamás llegaron a conocer.
Porque las ciudades que prosperan no son aquellas que permanecen inmóviles.
Son aquellas que entienden cuándo ha llegado el momento de evolucionar.
Y quizás ese sea precisamente el desafío histórico que Santa Cruz tiene hoy frente a sí.
