Por Teresa Gutiérrez Vargas
Hay reflexiones que llegan en el momento oportuno. La que planteó el gobernador Juan Pablo Velasco esta semana en sus redes sociales sobre nuestras prioridades como sociedad, merece una mirada que va más allá de la coyuntura política Una reflexión que compartí con mis estudiantes en clase y nos llevó a preguntarnos qué temas captan nuestra atención y qué dice eso sobre la sociedad que estamos construyendo.
JP Velasco destacó en su posteo dos asuntos de impacto directo en la población: el anuncio de construir y reactivar 200 pozos de agua en doce meses, frente a los menos de 150 ejecutados durante los cinco años anteriores, y los resultados en la prevención de incendios que, según afirmó, fueron notablemente mejor que en los últimos seis años. Sin embargo, ambos temas de importante relevancia para la población tuvieron escasa repercusión frente a la polémica que despertó una frase suya. Al referirse respecto al ministro de Obras Públicas, Mauricio Zamora y recordar que un hace un año «estaba vendiendo chinchulines» y que ahora ocupaba una de las carteras más importantes del Estado. La expresión fue desafortunada y el propio gobernador la reconoció como un error. Es legítimo cuestionar las declaraciones de una autoridad y el problema surge cuando la polémica desplaza asuntos fundamentales para la población. ¿Por qué una frase genera más debate que el acceso al agua o la protección de nuestro patrimonio ambiental?
Desde las aulas de Comunicación Social, esta contradicción se observa a diario. Formar estudiantes capaces de leer, investigar, contrastar fuentes y comprender problemas complejos se siente cada vez más difícil en un entorno saturado de videos breves, contenidos virales y estímulos permanentes. La atención que exige el pensamiento crítico compite con la gratificación inmediata de las pantallas. No es solo un asunto de disciplina individual, sino también de una cultura digital que premia la reacción emocional y la inmediatez.
Quienes trabajamos en la Dirección de Comunicación de la Gobernación cruceña durante gestiones anteriores ya advertíamos esta tendencia. Las publicaciones sobre obras, servicios básicos, caminos, salud y acciones en las provincias difícilmente alcanzaban la repercusión de una controversia política. Incluso cuando Facebook ofrecía mayores posibilidades de viralidad orgánica, los contenidos de impacto público quedaban relegados frente a los enfrentamientos. Hoy, los algoritmos que compiten por retener nuestra atención profundizan esa dinámica.
La Comunicación Política también aprendió a jugar con estas reglas y provocó que figuras como Chi Hyun Chung, Jhonny Fernández, el alcalde Mamén Saavedra y el excandidato Alfredo Solares, desde trayectorias diferentes, nos demuestren cómo los discursos polémicos, la comunicación popular, las denuncias de corrupción y las narrativas emocionales pueden construir visibilidad y capital político. Las historias de ayuda social, en particular, muestran el poder de la empatía para conectar con las audiencias.
La emoción no es el problema. La comunicación necesita historias y cercanía. El riesgo aparece cuando la popularidad se confunde con resultados, la emoción sustituye a la evidencia o la polémica desplaza la rendición de cuentas.
Esta lógica también interpela a los medios de comunicación, quienes en su esfuerzo por competir por audiencias y alcance digital, alternan información de interés público con polémicas amplificadas y publicaciones diseñadas para provocar reacciones inmediatas. A esta dinámica se suma la circulación de materiales generados con inteligencia artificial, que pueden aportar valor informativo, pero también convertirse en un recurso para producir contenido en serie sin suficiente contexto, verificación o aporte periodístico.
El problema no es informar sobre entretenimiento ni utilizar nuevas tecnologías. La cuestión es qué lugar ocupan y qué criterios orientan su publicación. Cuando la métrica de alcance termina imponiéndose sobre la relevancia, el periodismo corre el riesgo de reproducir la misma lógica que debería examinar críticamente: captar atención a cualquier precio, aunque lo importante quede relegado.
Los medios no solo reflejan las prioridades de la sociedad; también contribuyen a construirlas. Lo que deciden destacar, contextualizar o dejar en segundo plano influye en la conversación pública. Por eso, la responsabilidad editorial no puede medirse únicamente en clics, reproducciones o interacciones. También debe considerar la calidad de la información, su utilidad social y su capacidad para ayudar a la ciudadanía a comprender la realidad.
A esto se suma la profesionalización de la manipulación digital. Investigaciones periodísticas han vinculado al consultor argentino Fernando Cerimedo con estrategias de amplificación digital y operaciones de comunicación política en la región. La utilización de cuentas coordinadas, bots y contenidos engañosos plantea interrogantes sobre la influencia de estas prácticas en la conversación pública. Por eso, no basta con observar qué se vuelve viral: también debemos preguntarnos quién impulsa determinados mensajes, con qué propósito y sobre qué evidencias.
La responsabilidad tampoco recae exclusivamente en políticos y medios. Involucra a quienes consumimos y compartimos información, especialmente a los jóvenes que construyen sus criterios en entornos digitales. La preocupación alcanza a la infancia, expuesta desde edades tempranas a pantallas que pueden influir en sus hábitos de atención y en su manera de interpretar el mundo.
Por eso, formar profesionales de la comunicación exige mucho más que enseñar a redactar, editar videos o gestionar redes sociales. Requiere desarrollar criterio, verificar información y distinguir lo anecdótico de lo estructural. Los medios deben informar sin convertirlo todo en espectáculo; las instituciones deben comunicar resultados y rendir cuentas; y los ciudadanos necesitamos detenernos antes de compartir aquello que nos indigna o entretiene.
El agua que llega a una comunidad quizá no genere tantos comentarios como un «chinchulín» mal dicho. Sin embargo, su impacto se mide en salud, dignidad y oportunidades. La prevención de incendios quizá no se convierta en tendencia, pero importa para el aire que respiramos y los ecosistemas que debemos proteger.
El desafío no consiste en conseguir que todo se vuelva viral, sino en recuperar la capacidad de reconocer qué merece nuestra atención. Una sociedad democrática necesita algo más que ciudadanos que reaccionen: necesita personas que comprendan, cuestionen y exijan evidencias. Y un periodismo comprometido con esa sociedad debe preguntarse no solo cuántas personas consumen sus contenidos, sino también qué aportan esos contenidos a la comprensión de los asuntos públicos. Tal vez sea hora de dejar de premiar únicamente el escándalo y empezar a dar a los asuntos esenciales el lugar que merecen.
