La suegra FMI Y su informe lapidario sobre Bolivia

Texto: Gonzalo Chávez, economista

Analizar el caso de Bolivia en la perspectiva del FMI es como revisar el parte médico de un paciente que durante años presumía de buena salud… y de pronto aparece en cuidados intensivos con bata prestada y cara de “yo estaba bien hace cinco minutos”. Años atrás inclusive la suegra FMI aplaudía al modelo populista. Al parecer también entró en razón señorona del fondo.

La economía va al fondo del pozo

La evidencia sugiere una fragilidad macroeconómica notable, ubicando al país como uno de los casos más delicados de la región para el periodo 2025-2027. Veamos el diagnóstico, con bisturí académico La trayectoria del crecimiento boliviano no solo es débil, es directamente depresiva (en el sentido económico, aunque también podría ser emocional para el ministro de turno).

De un ya incómodo -1.2% en 2025, la economía decide profundizar su introspección productiva hasta un -3.3% en 2026. La semana pasada del Banco Mundial proyectó un decrecimiento de menos 3.2 para este año y fue optimista para el 20 27 recuperaríamos el crecimiento en 4.4 por ciento. La suegra FMI no se anima a proyectar el 20 27. Es decir, Diagnóstico reservado

El gran responsable de la caída económica: el Gas natural

Estamos ante la contracción más severa de Sudamérica en ese periodo. Traducido del economista al ciudadano: no solo no crecemos, sino que estamos desarmando la maquinaria productiva pieza por pieza. El viejo motor gasífero, que alguna vez rugió con orgullo, hoy tose como auto con gasolina basura, mientras la falta de divisas actúa como ese mecánico que nunca llega.

A pesar de la caída de los precios de febrero y marzo, el FMI proyecta inflación elevada para el 2026

Bolivia solía exhibir su baja inflación como quien presume foto retocada en redes sociales. El problema es que ahora llegó la versión sin filtros. La inflación salta a 19.5% en 2025 y 20.7% en 2026, dándole la bienvenida al país al club de la inflación de doble dígito, donde los precios suben más rápido que las explicaciones oficiales. En la perspectiva de la suegra FMI, la caída de precios de febrero y marzo, no se sostiene. Igual enfrentaremos inflación 

Mejora del sectores internos = espejismo

La combinación de escasez de dólares, encarecimiento de importaciones y presión sobre subsidios genera el cóctel perfecto. La brecha cambiaria, esa que algunos preferían no mirar, ahora se cuela sin invitación en la canasta básica.

Luego aparece el dato que, a primera vista, podría provocar aplausos prematuros. Error. La cuenta corriente pasa de un déficit de -1.9% en 2025 a un superávit de 1.2% en 2026. Este “milagro” es más contable que económico. No estamos exportando más; simplemente estamos importando menos… porque no hay dólares. Es el clásico caso de “bajé de peso porque dejé de comer”. El superávit es real, sí, pero a costa de menor actividad, posibles desabastecimientos y una economía funcionando en modo ahorro extremo involuntario.

Ni la informalidad nos salva

El desempleo, por su parte, sube de 3.3% a 4.5%. A primera vista parece moderado, pero en Bolivia el desempleo es un experto en camuflaje. Con un sector informal cercano al 80%, este aumento es una señal de alarma: incluso el “rebusque” está perdiendo capacidad de absorción. Dicho de otra manera, si hasta el mercado informal empieza a flaquear, la economía ya no está cojeando… está rengueando con bastón.

En suma, Bolivia enfrenta lo que en macroeconomía podríamos llamar una tormenta perfecta, aunque en la práctica se parece más a un cóctel mal agitado: una recesión profunda con el PIB en caída libre, una inflación creciente donde los precios se emancipan del control oficial, y una crisis de divisas que convierte al dólar en especie en extinción. Mientras otros países de la región avanzan, algunos trotando, otros al menos caminando con dignidad, Bolivia aparece en el informe como ese corredor que decidió competir… pero olvidó los zapatos. El resultado no es solo un tropiezo coyuntural, sino un proceso de ajuste severo que exige algo más que optimismo discursivo: requiere reformas profundas, coordinación política y, sobre todo, dejar de creer que la macroeconomía se arregla con buena voluntad y conferencias de prensa.