Rubén Flores recordó que fue él quien acompañó a Arnel para que se presente al servicio militar en Viacha, hace unos seis meses. La última vez que lo vio con vida, hace una semana, cuando cumplió 18 años, su hijo se despidió de él y su familia con un apretón de manos.

Por Carlos Quisbert
Parado cerca a la puerta de la Morgue Judicial, a la espera de que los forenses le entreguen los restos de su hijo, don Rubén Flores Quispe suspiró y pese al nudo en la garganta intentó responder al periodista que, cauteloso, se le acercó y micrófono en mano le consultó si deseaba contar algo sobre su pérdida.
“Muy buenas tardes. Aunque para mí no son ‘buenas tardes’, pero…”, alcanzó a decir Rubén antes que sus lágrimas lo traicionaran y su voz se ahogara nuevamente en un gemido.
Con las yemas de los dedos de la mano derecha, Rubén apretó su frente, en un intento de contener el llanto, tragó aire y antes de quebrarse nuevamente tartamudeó su dolor: “Mi hijo se ha muerto…”.
Casi inmediatamente y con gesto decido se repuso y tragó lágrimas, para luego relatar a F10 y Brújula Digital lo que recordaba de su hijo, Arnel Rubén Flores Poma. El joven fue uno de los soldados que perdió la vida durante las explosiones de pólvora negra, el 4 de septiembre, en el Regimiento de Artillería Mecanizada II “Bolívar”.
“No le he llevado a mi hijo a que vaya a morir. Le he mandado al cuartel sano a mi hijo. Yo le he llevado como padre”, clamó Rubén y trató de describir lo ocurrido. Con pocas palabras rememoró cómo ayudó a su hijo a presentarse al servicio militar en Viacha.
Relató que mientras aún estaban en su comunidad, Laza, en el municipio de Irupana, de la región de los Yungas, él recomendó a su primogénito: “hijo tienes que servir a la patria”, sin pensar en que esa recomendación cambiaría sus planes de vida. El padre asegura que Arnel respondió que sí cumpliría con ese “deber”.

Aunque no recuerda la fecha exacta, Rubén afirma que hace unos seis meses, aproximadamente, durante una noche de lluvia, ambos salieron de su comunidad y recorrieron el camino desde Yungas hasta el Regimiento “Bolívar”, en Viacha. “Allí lo dejé y estaba bien”, dijo.
Anoche, el padre hizo el mismo recorrido de regreso, pero esta vez con un ataúd blanco, cubierto con la bandera de Bolivia.

El último franco
Hace una semana, luego de haber superado la instrucción militar más ardua, ya como soldado “antiguo”, Arnel cumplió 18 años. El joven decidió pasar ese “franco” (salida con permiso del cuartel) con su familia, en Yungas.
El día que Arnel decidió retornar al cuartel, como regalo, su padre decidió otorgarle el control de su cuenta bancaria, ya que la habían creado cuando él era menor de edad y hasta esa fecha necesitaba autorización de sus padres para realizar transacciones. Fue la última responsabilidad que le dio, por su mayoría de edad.
También fue la última vez que los cinco integrantes de la familia de Flores Poma se sentarían juntos a compartir un almuerzo, “ahora solo somos cuatro”, lamentó el padre.
“Me iré nomás, papá”, exclamó Arnel ese día. Rubén aceptó y el joven soldado se levantó de la mesa y cargó en sus hombros la mochila que le obsequiaron. “‘Te vas a cuidar, hijito’, le he dicho. ‘Ya, chau papi’, me ha dicho y nos ha dado la mano uno por uno. Por última vez, y se ha ido. Y ya no lo he vuelto ver”, recordó Rubén.
Justicia
En criterio del padre de Arnel, tanto los jefes militares, como el ministro de Defensa, Ernesto Justiniano y el presidente, Rodrigo Paz, prometieron ayudar a las familias de las víctimas, esclarecer las circunstancias y dar con los responsables de la explosión que le costó la vida a su hijo, pero Rubén cree que ellos “no hacen nada”.
Al contrario, agradeció el apoyó que recibió del vicepresidente Edman Lara, a quien se acercó para pedirle ayuda. Don Rubén relató que fue él quien, el lunes por la madrugada, lo trasladó junto a su esposa, Sandra Poma, desde Viacha hasta la Morgue Judicial en la ciudad de La Paz, en el vehículo oficial, para constatar si uno de los cadáveres era el de Arnel.

“Con su madre hemos entrado (a la morgue) y uno por uno (revisaron los cuerpos), y como nosotros conocemos a nuestra wawa (niño), cómo eran sus dedos, su dentadura y por esas características le hemos reconocido a mi hijo”, contó don Rubén.
El progenitor relató que debieron fijarse en esos detalles, debido a que el cuerpo de su hijo “estaba calcinado”. Exclamó que no tenía palabras para describir el dolor que esa imagen le causó. “Ojalá que a nadie la pase como le pasó a mi hijo”, sollozó don Rubén.
Desde anoche, la familia vela en su comunidad los restos de Arnel Rubén Flores Poma, quien fue ascendido de forma póstuma al grado de sargento inicial del Ejército.
Muertos y desaparecidos
Desde el Ministerio de Defensa se decidió denominar “desaparecidos” a los soldados cuyos restos aún no fueron identificados, pero que se presume fueron despedazados por la magnitud de las explosiones, cuyas causas aún se desconocen. La información del Ministerio de Defensa, señala que en la primera explosión detonó pólvora negra y que aún no se conoce el material que detonó en segunda instancia y que fue la que causó la tragedia.
Hasta la noche de ayer lunes, según la información del Comando del Ejército, los peritos lograron rescatar nueve cuerpos, de los cuales identificaron ocho, un sargento y siete soldados.
En la lista de los fallecidos figuran: el sargento Freddy Mauro Quisbert Vega; los soldados Brayan Pacheco Monrroy, Arnel Rubén Flores Poma, Gabriel Choque Alanoca, Jhon Tancara Mita, Wilder Oliver Aruquipa Aruquipa, Alex Beymar Ignacio Mamani y Wilson Copa Mamani.
De acuerdo a la lista inicial que dio el comandante del Regimiento de Artillería “Bolívar”, coronel Antonio Amaru, los soldados cuyos restos aún no fueron hallados son: Héctor Ramiro Condori Choque, Joel David Flores Rojas, Jhonny Alberto Cornejo Chipana, Kevin Yosmar Mamani, Juan Mamani Miranda y Santos Sonko Huanca.

